miércoles, 8 de abril de 2009

MENSAJE PASCUAL DE MONS. OSCAR D. SARLINGA 2009

mensaje-pascua2

Queridos hermanos y hermanas en la fe, de esta diócesis de Zárate-Campana:

Hay una «Ausencia» que es una gran Presencia que atraviesa los siglos: “No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). «No está» en la tumba, porque «resucitó». Esas palabras nos grabaron a fuego, siguen resonando en nuestro ánimo, como nos lo dijera en 2006 el Santo Padre: «Non est hic, sed resurrexit» (Lc 24, 6). Desde aquella mañana, estas palabras siguen resonando en el universo como anuncio perenne, e impregnado a la vez de infinitos y siempre nuevos ecos, que atraviesa los siglos” (1).

Por eso, desde entonces, no hay «noche» en nuestra vida que no tenga una infinita Luz. El sufrimiento humano es redentor cuando lo unimos a la Pasión de Cristo. Nunca el sufrimiento ha de ser meramente pasivo, una pura y simple resignación sin sentido último. La alegría del Resucitado nos llena, incluso en medio de las dificultades. Por ello, el tiempo que comenzaremos a partir de la Vigilia, es el Día que hizo el Señor; Pascua es el misterio central de nuestra fe cristiana, el centro de nuestra vida, la Luz que nos guía, personalmente y como Iglesia, en el Espíritu. No estemos tristes, dejemos que nuestro corazón se llene de alegría, abrámoslo al gozo y a la paz, como lo afirma el Obispo y Doctor San Agustín, ante la expresión del Salmo: “Este es el día que hizo el Señor” (Sal 117 [118], 24), y dice: “(…) más sublime que todos, más luminoso que los demás, en el que el Señor resucitó, en el que conquistó para Sí un pueblo nuevo… mediante el espíritu de regeneración, en el que ha llenado de gozo y exultación las almas de todos” (2).

“Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6). Jesús, el Hijo del Dios Bendito, cumple su Pascua. Revela el significado del Paso, del Pésaj, confirma la palabra de su mensaje de salvación, mensaje de la Buena Nueva, del Evangelio. El Padre Amoroso, Dador de la Vida, no quiere la muerte (cf. Ez 18, 23. 32), porque Él “creó todas las cosas para la existencia” (Sab 1, 14). Él renueva hoy también nuestra vida. Dejémosla ser renovada por la Vida divina, abramos el corazón al Misterio de fe, pues “(…) ésta es una realidad misteriosa y escondida, que nadie conoce sino quien la recibe, y no la recibe sino el que la desea, y no la desea sino quien está inflamado en el fondo de su corazón por el Espíritu Santo que Cristo envió a la tierra” (3).

¿Querremos nosotros, queridos fieles de la Iglesia… querremos nosotros –decía- hacernos eco en nuestra vida de esas palabras, querremos de verdad dejar entrar en nuestros corazones la llama del Espíritu Santo que el Señor envió?. ¿Tendremos el coraje de pronunciar un renovado «sí»?. ¿Cómo nos damos cuenta de haberlo hecho de verdad?. La clave de comprensión, nos la da el Apóstol Pedro: «Fraternitatem diligite», quieran ser hermanos, amen la fraternidad, sean como hermanos (Cf 1 Petr. 2, 17).

Para vivir la fraternidad, hay que dejar entrar la infinita «novedad» de la Pascua: “Así, pues, festejémosla, no con la vieja levadura…, sino con los ácimos de la pureza y la verdad” (1 Cor 5, 8). Qué hermosa ofrenda a Dios, en este Año Paulino Universal, sería mandar fuera la vieja y enmohecida levadura, y renovar en nosotros la pureza y la verdad del Evangelio.

Nos ayude en esta intención la Virgen Madre, la que padeció junto a la Cruz, la que lo vio en su Pascua, la que reina junto a su Hijo. Que nos ayude a recibir el don de la fe y a acrecentarlo por la Gracia. Será para bendición de muchos, pues también dice San Pablo: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia” (Hch. 16,30s). El Señor nunca se deja ganar en generosidad; Él quiere a cada instante darnos «el ciento por uno». Claro, también la generosidad divina hay que aprender a aceptarla con humildad, y, sobre todo, con espíritu de alabanza y agradecimiento.

FELIZ Y SANTA PASCUA DEL SEÑOR
Con mi afecto y bendición,
+Oscar Sarlinga

Campana, 8 de Abril de 2009

(1) BENEDICTO XVI, Mensaje de Pascua del Papa antes de la Bendición Urbi et Orbi, Pascua de 2006.
(2) SAN AGUSTÍN, Sermo 168, in Pascha X, 1; PL 39, 2070.
(3) SAN BUENAVENTURA, Itinerarium mentis in Deum, cap. 7, 4: Opera omnia, ed. min. Quaracchi, 5, pág. 213.

miércoles, 7 de enero de 2009

CARTA PASTORAL DE MONS. OSCAR SARLINGA

«SEÑOR JESÚS, HAZNOS NACER DE NUEVO EN TU NAVIDAD;
AYÚDANOS A COMBATIR EL EGOÍSMO Y LA POBREZA EN TODAS SUS DIMENSIONES»

Queridos hermanos y hermanas,


Hijos e hijas de esta diócesis de Zárate Campana

En este último Domingo de Adviento, ya a las puertas de la cercanísima Navidad del Señor, les dirijo estas líneas que tienen como fin la meditación, el saludo, la bendición y los sinceros deseos de paz. «Nacer de nuevo»; imposible para el ser humano con sus solas fuerzas. «Nacer de nuevo»; porque nada es imposible para Dios.

«Déjame nacer de nuevo, Señor…» será un deseo profundo para este tiempo de Navidad que se avecina, y para el nuevo Año que llega a rapidísimo paso. Renacer a una vida renovada por la fe, en el Santo Espíritu, que nos ayude a ser para los demás una fuente de bendición… y a vivir nuestra vida de cada día con espíritu de renovación psíquica, física, espiritual, religiosa, moral, en todas sus dimensiones, tanto personal como comunitaria y social, y por supuesto, eclesial. Fue por la fe que Jesucristo vio en él que Simón se convirtió en «Kefa», Roca, porque, por revelación del Padre y apertura del corazón a dicha revelación, él profesó su fe en la divinidad de Jesucristo, quien lo hizo «Piedra» fundamental. «Sobre esta piedra –glosa San Agustín— edificaré la fe que has profesado. Sobre el hecho de que has dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, edificaré mi Iglesia»(1)

Ojalá, lo digo de corazón, el tiempo santo de Adviento haya implicado para nosotros, cristianos, católicos, un sano cuestionamiento acerca del sentido de la existencia y de nuestra vida cristiana, en especial acerca de la real significación de la persona de Jesucristo en nuestras vidas (2). Los exhorto a ver cada uno en su conciencia cuánto ha incidido esa pregunta existencial y espiritual, cuestión fundamental… y a pedir a Jesús, Mediador entre Dios y los hombres: «déjame renacer en tu Amor».
I
NACER DE NUEVO ES VIVIR UNA VIDA PLENA

La vida plena se da por medio de la obra del Espíritu Santo, es decir, en sentido bíblico, del «cambio de corazón», de la «conversión», la cual encamina la vida hacia Jesucristo y por consiguiente hacia el Bien y el Amor. En esto radica el núcleo de la primera predicación apostólica, el primer «kerygma»(3) , siendo el anuncio del Señorío de Jesucristo la conclusión explícita de su Misión, para cuyo cumplimiento se había humillado y obedeció: «Cristo Jesús… se despojó de sí mismo… obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó… para que toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor» (Flp 2, 6-11). La aceptación de este Mensaje encuentra un tiempo más que propicio en Navidad, pero para esto hay que abrir la mente y el espíritu, el corazón, a sus profundas exigencias humanas y espirituales. De lo contrario será una mera «festividad» (quizá llena de luces de colores, sí) pero festividad de un calendario secularizado, sin implicancias en nuestro ser concreto.

Por cierto, que, en primer lugar, «renacimiento» es el bautismo; lo es por excelencia, y su texto clásico lo encontramos en Juan 3:1-8 (4) . Pero las «obras de la carne» y la «mente carnal» (que significan el pecado que hay en el ser humano, y no «la carne en el sentido de cómo Dios nos creó») nos hacen, de uno u otro modo, morir, triste situación que significa incapacitarnos para hacer el bien y ser felices (5). Es la condición del «hombre viejo», que tiene la oportunidad de «renacer» (6).

Para ello, el anuncio de salvación, «corazón del Evangelio» necesita entrar «de nuevo», «renacer» en los seres humanos de hoy, llenos de «materiales» tantas veces ajenos al gozo evangélico. Evocando unas hermosas y concretas palabras del Papa Pablo VI, podríamos decir nosotros también que “(…) es preciso volver a despertar en el corazón de papel, de hierro y de cemento del hombre moderno el pálpito de la simpatía humana, del afecto simple, puro y generoso, de la poesía de las cosas sencillas y vivientes, del amor (….) ¿Quieren que Navidad sea buena de verdad?. Dénle su auténtico valor espiritual y reconózcanle su profunda exigencia humana. Háganla piadosa, afectuosa” (7). ¿Cómo podríamos dejar de ver aquí la necesidad de la acción del Espíritu Santo, para dicha revalorización espiritual?. Si el árbol se reconoce por su fruto, reconoceremos también la acción del Espíritu por sus frutos, como dice San Pablo: “Mas el fruto del espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23); estos frutos mueven a las virtudes que florecen en aquellos en quienes se cumple el proceso del «nuevo nacimiento». Por obra de la gracia y de nuestra cooperación humana, nos volvemos entonces justos, comprensivos, generosos, tolerantes, proclives al perdón («perdonar es divino», porque es Don de Dios para quien de verdad cree) y aprendemos así a amar al prójimo como a nosotros mismos, encontrando gozo y no tedio en las cosas espirituales (Cf. Colosenses 3:1).

Porque un vicio que acrecienta la pobreza y las estructuras de pecado (que la procrean o favorecen) es el materialismo, el cual daña al ser humano (no menos que el espiritualismo) y lo hace creerse «totalmente independiente» de la acción de Dios, creando en el corazón una especie de «atrofia espiritual». No pequeño es lo que tiene que expresar al respecto la reciente crisis financiera mundial. Ojalá nos ayude a realizar un discernimiento profundo del camino de nuestra civilización actual. Aunque a algunos pueda resultar irrelevante “(…) por eso es importante que –el hombre actual- abra la propia mente y el propio corazón a la Navidad de Cristo, acontecimiento de salvación capaz de imprimir renovada esperanza a la existencia de todo ser humano” (8).
II
COMBATIR LA POBREZA EN TODAS SUS DIMENSIONES

Existe la «pobreza» en sentido evangélico que es virtud; tiene que ver con el «tanto cuanto» de San Ignacio de Loyola. Implica interioridad y desprendimiento, generosidad y entrega, austeridad y sencillez de corazón; caridad transformadora y caridad social, solidaridad constructora. Desde esta perspectiva, la pobreza como cualidad evangélica proviene de la humildad, y en ese aspecto es lección primera y fundamental del Hijo de Dios que se hizo hombre. Esta pobreza es una «medicina» de la cual tenemos mucha necesidad en el mundo de hoy, incluso quienes la proclamamos como virtud (9).
En cambio, la pobreza como «carencia que nos hace vivir estructuras indignas y sub-humanas» (esta última expresión la utilizó el Papa Juan Pablo II en su primera visita al Brasil, en 1980), no sólo no constituye virtud alguna sino que proviene del egoísmo y de la insolidaridad, y primeramente proviene de la injusticia. No genera bien alguno sino dolor (cuando no encono), apesadumbramiento, y tantas veces violencia. Sólo el amor de Dios (y nuestra colaboración efectiva con él, también a través de la creación de estructuras justas), capaz de hermanar a los hombres de toda raza y cultura podrá hacer que desaparezcan las dolorosas divisiones, los contrastes ideológicos, que derivan tantas veces en violencia, las desigualdades económicas y toda clase de situaciones sub-humanas que no condicen con la dignidad con la que el Señor nos creó y redimió. Es el cometido de la «civilización del Amor» y de la «promoción humana integral», la cual, por ser «integral», hay que decirlo, no podría amputar al ser humano de su dimensión trascendente y espiritual.

La Justicia («que mira desde el Cielo»)(10) engendra paz y genera alegría, buena colaboración, disposición de todos para construir, mancomunidad de valores trascendentes. La discordia (dis-cordia; corazones enfrentados), desgraciadamente tan presente en el mundo de hoy, tiene, en cambio, como punto lanzamiento la división que provoca la envidia; su punto final es el acercamiento a sus propios intereses y excluyentes puntos de vista, ambas cosas causadas por causado por la vanagloria.

La discordia –dice Santo Tomás de Aquino- es más hija de la vanagloria que de la envidia, aunque puede proceder de ambas(11) . Nada insignificante es el daño que hace la «vanagloria» en el corazón humano: parece que la palabra se refiere a una «pequeña vanidad» (al estilo de «vanity fair») pero, porque encierra al ser humano en sí mismo y en la búsqueda de su propia gloria, nada escatima para lograr ese poder, aún si hiere y lacera, sea el cuerpo social, no menos que el eclesial (en su humana complexión).

Por ello, con esta visión de transformación de nuestros ambientes según el Amor de Cristo y según los valores trascendentes y plenificantes, queremos que la Navidad del Señor sea para nosotros, más que una fecha marcada en rojo en el calendario, un «signo perenne de la construcción de la civilización del Amor», razón por la cual, como decía Pablo VI, “(…) la Iglesia hace bien en celebrar a cada ciclo solar, no sólo la memoria lejana del singular e inefable acontecimiento, la Venida del Verbo viviente (…) sino que hace bien en revocar su adquirida actualidad: la tierra es desde entonces, patria de Cristo, del Hijo de Dios que se hizo hombre, y que (…) permanece siempre entre nosotros, mediante nuestra infatigable búsqueda, nuestra indefectible espera escatológica, humilde pero realmente, como en el pesebre, se quedó con nosotros y a través de nosotros (…) cuando prometió: «He aquí que Yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28, 20)”(12).


Pongamos manos a la obra, entonces, a partir de este «renacimiento de Navidad», a eliminar toda forma de egoísmo, de explotación, de marginalización, promoviendo la Justicia y la Paz, como nos lo pide nuestro Santo Padre BENEDICTO XVI en su Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, recordando que hemos de combatir la pobreza con las armas de la Justicia y de la Paz, sin eliminar la obra de Dios de nuestra vida, de nuestra cultura, y de nuestra moral, pues, como dice el mismo Papa “(…) Cuando no se considera al hombre en su vocación integral, y no se respetan las exigencias de una verdadera ecología humana, se desencadenan también dinámicas perversas de pobreza (…)” (13).


III
CONFIANZA EN LA INTERCESIÓN DE MARÍA NUESTRA MADRE, Y BENDICIÓN

Jesús, Único Mediador, nos ha salvado. La Santísima Virgen, unida íntimamente a Cristo intercede y media por nosotros. Ella es venerada en estas tierras como «Nuestra Señora de Luján» (Patrona de la Argentina y de esta diócesis de Zárate-Campana); Ella hará que nuestra tierra dé «frutos de Paz y Amor, y de justicia social» si se lo pedimos con Fe, y si ponemos manos a la obra, efectivamente y no como pura expresión de deseos (lo cual podría manifestar, sí, un acto de «espiritualismo», contrario a la Ley de la Encarnación y sus efectos).

El Papa San Gregorio Magno se refiere así respecto de la Virgen: “A María se la llama con razón “monte lleno de frutos”, porque de ella ha nacido un fruto óptimo, es decir, un hombre nuevo. Y el profeta, contemplando su hermosura y la gloria de su fecundidad, exclama: “Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz” (Is 11, 1). David, exultando por el fruto de este monte, dice a Dios: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. (…) La tierra ha dado su fruto”. Sí, la tierra ha dado su fruto, porque aquel que la Virgen engendró no lo concibió por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo la cubrió con su sombra. Por eso, el Señor dice al rey y profeta David: “Pondré sobre tu trono al fruto de tus entrañas” (Sal 131, 11). Por eso, Isaías afirma: “Y el fruto de la tierra será sublime” (Is 4, 2). En efecto, aquel que la Virgen engendró no fue solamente “un hombre santo”, sino también “Dios fuerte” (Is 9, 5)”(14) . Roguemos la intercesión de la Virgen Madre de la Iglesia por nosotros, por nuestras familias, por nuestra Patria, por nuestros gobernantes, por el mundo entero, en especial por quienes hoy en el mundo sufren hambre, miserias, estrecheces, lacerante dolor, violencia e inseguridad.

Mañana, lunes 22 tendremos la Santa Misa en la Basílica de Luján, los Obispos de la Argentina, en agradecimiento a Juan Pablo II y a la Santa Sede por los XXX años de la mediación que evitó la fratricida guerra con la hermana República de Chile. Asistirá a ella la Sra. Presidenta de la República, y numerosos gobernantes. Pidamos al Señor y a la Virgen la Paz, la prosperidad de la Argentina, la felicidad como Pueblo que está de pie y camina, la Justicia que anhelamos. Y dispongámonos todos a seguir «poniendo el hombro» y poner, cada uno en su vocación y elección «manos a la obra» en ésta, que es la construcción social de todos. Que prosigan los esfuerzos por una Argentina en Justicia, equidad, paz social.

Tal como reza la placa marmórea, a la entrada de la Basílica, que recuerda la visita de Juan Pablo II en 1982 (cuando el Papa no quiso dejarnos solos, en tristes circunstancias de guerra de Malvinas), hoy queremos exclamar: “No nos dejes, Madre…”.

En este Año Paulino Jubilar, en profunda comunión con el Santo Padre y con toda la Iglesia, pido sobre ustedes y sus familias, siguiendo el primer capítulo de la carta de san Pablo a los Efesios (3-10), del género de las «berakot» judías, que «el Dios Salvador» los bendiga, los guarde, los proteja, consuele y fortalezca.

Domingo 21 de Diciembre, 2008

¡FELICIDADES Y BENDICIONES PARA EL NUEVO AÑO 2009!

Con mi afecto pastoral,

+Oscar D. Sarlinga
Obispo de Zárate-Campana

[1] SAN AGUSTÍN, Sermón 295,1 (PL 38,1349).

[2] Cf. R. CANTALAMESSA, OFM, Primera predicación que, como preparación a la Navidad, pronunció en la mañana del viernes de la I semana de Adviento, ante el Santo Padre y sus colaboradores de la Curia, Ciudad del Vaticano, viernes, 2 diciembre 2005 (“El Adviento debe ser también el tiempo de las grandes preguntas que requieren una respuesta personal. ¿Quién es Jesús realmente para mí? Es la misma pregunta que Jesús dirigió a sus apóstoles. (Mt 16,15)”).

[3] El bautismo del agua es una demostración pública del proceso interior que el Espíritu Santo ya inició. Después de Pentecostés, los apóstoles recorren el mundo aclamando que «¡Jesús es el Señor!» y yendo a la vez al corazón mismo del Evangelio, proclamando «Jesús murió – Jesús resucitó»: murió «por nuestros pecados», resucitó «para nuestra justificación» (Cf. 1 Cor 15,4; Rm 4,25). Cf. también Hch 2,22-36; 3,14-19; 10,39-42.

[4] El bautismo fue el sentido más natural de la palabra «agua» en la mente de Nicodemo, y más de acuerdo con el contexto inmediato en Juan 3:5 cuando Cristo dijo, «en verdad te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» El lavamiento es el bautismo que es obedecido por la enseñanza de la Palabra. Tito 3:5 declara, «nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.» Ananías, por su parte, le dijo a Saulo en Hechos 10:22, «Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre

[5] En esta triste situación, el ser humano está como se comprende, totalmente incapacitado para hacer el bien. “Por tanto, la mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que viven según la carne no puede agradar a Dios” (Romanos 8:7-8).

[6]Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con el, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6).

[7] PABLO VI, Santa Messa Natalizia, Ciudad del Vaticano, Viernes 25 de diciembre de 1964.

[8] BENEDICTO XVI, Mensaje de Navidad, Ciudad del Vaticano, domingo, 25 diciembre de 2005). Es el mensaje de Navidad que pronunció el Santo Padre Benedicto XVI a mediodía antes de impartir la bendición «Urbi et Orbi».

[9] Cf. SAN AGUSTÍN, Sermo de Trin. 8, 5, 7; P.L. 42, 952.

[10] Cf Salmo 85. Nada escapa de la mirada de Dios, quien ve todas nuestras acciones según su Justicia y su Amor.

[11] SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th., II-IIae (Secunda Secundae), q. 37, art. 2, 2.

[12] PABLO VI, Messaggio Urbi et Orbi, Solennità del Natale del Signore, Giovedì, 25 dicembre 1975.

[13] BENEDICTO XVI, Mensaje de Su Santidad para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, «Combatir la pobreza, construir la paz», 1ro. de enero de 2009, Ciudad del Vaticano, Ed. Vaticana, n.2, p. 5. La expresión «ecología humana», según la cita el Papa Benedicto, proviene de Juan Pablo II, en la Carta enc. Centesimus agnus, n. 38.

[14] SAN GREGORIO MAGNO, Exposición sobre el primer libro de los Reyes, en: Testi mariani del primo millennio, III, Roma 1990, p. 625).

domingo, 27 de julio de 2008

Fiestas Patronales de Santiago de Baradero

HOMILÍA DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN DEL APÓSTOL SANTIAGO

(Santiago del Baradero, domingo 27 de julio de 2008)

Sr. Intendente Municipal y autoridades municipales
Queridos sacerdotes,
Queridos hermanos y hermanas en el Señor

I
EL APÓSTOL SANTIAGO EL MAYOR Y LA LUZ DE LA FE

Nos une hoy la celebración de Santiago, Apóstol de Jesucristo,l patrono de la ciudad y partido de Santiago del Baradero, en este Año Paulino Jubilar, en el que somos invitados a que la Luz de la fe y el fuego del Amor hagan den cada día más vida a nuestra esperanza, como nos ha enseñado el Concilio Vaticano II, el cual ha llamado a todo cristiano a avanzar “(…)(1)por la vía de la fe viva, la cual enciende la esperanza y obra por medio de la caridad” . Lejos de pensar todas estas cosas principalmente en abstracto, creo que deberíamos tratar de ver cómo son muy concretas en nuestra vida actual.

El mundo está muy necesitado de luz y de esperanza y esta última es una virtud que en la práctica cotidiana se articula en la paciencia y en la humildad, ambas dos en sentido verdadero e integral, lo cual nos da fuerzas ante todo revés, todo fracaso, y nos da también moderación ante los éxitos, porque, librados a nuestros propios estados de sensibilidad, podemos estar inclinados a los excesos de un ánimo en cierto modo «bipolar» y esto sea dicho en sentido existencial y no sólo psicológico.

Quizá aparezcan estas consideraciones, reitero, algo genéricas… veamos sin embargo cuánto son actuales en nuestra vida, y también cuánto necesitamos, para nuestro equilibrio y felicidad, de la confianza en Dios, de aceptar su misterio y el misterio de nuestras propias vidas, y el confiarnos en Él, incluso (o especialmente) en los momentos de oscuridad. En Él, en Jesucristo, Luz del mundo, “Luz de las naciones y gloria de Israel” (Lc 2,32). Dios gobierna misteriosamente el mundo y la Iglesia, no obstante cualquier sombra o cualquier tiniebla (2).

Con esta visión de fe, celebramos hoy la divina Liturgia en la fiesta de Santiago (que es el Mayor, a no confundir con el Menor, primo hermano de Jesús). Este Santiago fue hermano del también apóstol Juan, y su nombre en hebreo es «Jacob», derivado en «Yago», de ahí que «Sant-Yago» sea el origen del nombre actual. En tanto discípulo del Maestro, Santiago estuvo presente en dos de los momentos cúlmines de Jesucristo: la Transfiguración en el monte Tabor (Cf Lucas, 9) y la oración en el Huerto de los Olivos, junto a Simón Pedro y a Juan. Son dos momentos que tienen que ver mucho con la Luz y la oscuridad.

Lo cierto es que después del gran acontecimiento de Pentecostés, los Apóstoles fueron enviados a predicar y a implantar la Iglesia, y según la tradición Santiago cruzó el mar Mediterráneo, recalando en la «Hispania» de la época (3).

En tiempos en que ya el Islam había avanzado sobre gran parte de la península ibérica, el rey Alfonso II de Asturias ordenó construir, cerca del año 813, una iglesia sobre el cementerio donde habían aparecido los restos del Apóstol, precisamente donde hoy se encuentra la iglesia catedral de Santiago de Compostela, adonde confluye en Europa el «camino de Santiago», meta de peregrinaciones desde edades antiguas, meta peregrinacional que trajo unión y conocimiento de los pueblos (4), encaminados a la luz de la fe.

Por eso, queremos traer también ejemplo hoy nosotros, pues «la unión hace la fuerza», la unión de corazones que necesitamos, como familia de Dios, y comunidad diocesana, para evangelizar y para la promoción integral de la persona humana. Siguen dando frutos de bendición los caminos de Santiago, hechos hoy día por personas de fe y por otras que tienen un interés cultural o humanista, pero que también allí, no pocas, han recuperado la fe cristiana. Santiago es confluencia de pueblos, como lo es este Santiago del Baradero desde sus orígenes, en 1693, y queremos que ese espíritu dé cada vez más fruto.

II
LA FE EN JESUCRISTO, «LUZ VERDADERA»

Me alegra ver la alegría de ustedes en esta festividad. Es un gran signo. Santiago nos lleva a Jesús.

La fe no tiene como objeto a cualquier sentimiento, estado de ánimo o a una pura idea que nos hagamos de Dios. La fe lo es en Jesucristo, “Luz verdadera”, la que «ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), esto es, el Evangelio mismo, Jesús mismo, por eso nos abre a horizontes infinitos. Nadie que quiera ver de verdad deseará andar en la oscuridad. El tema es que tantas veces a la oscuridad no la podemos (o no la queremos) «ver». Si las personas pudiéramos (o quisiéramos) «ver» algunas oscuridades de nuestro interior (o de nuestra sociedad), nos apresuraríamos, quizá, a dejar entrar la luz y procuraríamos que otros también reciban ese don. Las tinieblas, sin embargo, son resistentes y se asientan sobre la mentira, cuyo padre, en última instancia, es «el mentiroso», el «príncipe de este mundo». En cambio, el que obra la verdad viene de la Luz y a la Luz (cf Jn 3,21).

Esta Ley no es cualquiera, hecha por los hombres, inventada o construida meramente por el psiquismo al modo de proyección o transfert ni por técnica o tecnología alguna. La Ley de Dios, su Ley de Amor, la Ley nueva del Espíritu Santo, es luz en las tinieblas; el tema es que estas últimas no la quieren recibir (Cf Jn 1,5). Esta Ley Nueva, en sentido puro es Jesucristo mismo. Por eso, el creer de verdad se trata de la adhesión a Él, y de cumplir con Él por Amor (a Él y a los hermanos), más que de un cumplimiento exterior (lo cual no quita éste), y menos todavía porque nos venga impuesto o porque no tengamos otra opción u oportunidad.

El Papa Juan Pablo II nos enseñaba a este respecto en la Veritatis splendor: “Jesús mismo es el «cumplimiento» vivo de la Ley, ya que Él realiza su auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley viviente y personal” (5), Ley que, si podemos aplicarle el decir del Alighieri, es “l’amor che move il sole el’altre stelle”, el amor que mueve el sol y las otras estrellas (6), luz de vida (Cf. Jn 8,12), que atraviesa las Escrituras del principio al fin (7). ¿Lo creemos?. Porque de esto dependerá nuestra opción y proyecto de vida, y seguramente también el destino de otros. Si lo creemos, pongámonos confiadamente en camino, sin miedo, dejando de vacilar y temer, o de hacer un paso adelante y diez hacia atrás, porque el Señor nos lo ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). El gran tema es revitalizar la fe en Jesucristo, fuente de toda vida, y la confianza en Él, en su Iglesia; se lo dejo para reflexionar.

III
DEJÉMONOS INTERPELAR POR SANTIAGO EN LA VISIÓN DE LA TRANSFIGURACIÓN Y POR PABLO EN LA VISIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO

En la Transfiguración, de la que participó el Apóstol Santiago, la Luz divina se ve concentrada en Jesús. “Su rostro brilló como el sol y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz” (Mt 17,2). Nos interpela este testimonio; ¿cómo no?.

También Pablo nos interpela, en su Año Jubilar, él que, en el camino de Damasco, recibe la aparición del Cristo Resucitado envuelto en una luz fulgurante que lo ciega, al mismo tiempo que le abre los ojos del alma a una nueva visión de la vida, de la realidad y de las cosas (Cf Hech 9,3; 22,6; 6,13). Saulo, devenido en San Pablo, vio la gloria divina, la irradiación divina (Cf Heb 1,3) en el rostro de Cristo (Cf 2Cor. 4,6). Nos interpela también, y mucho, porque el rostro del Señor lo vemos también en el de cada hermano, en especial del más necesitado, tanto de lo material como de lo espiritual. Será también motivo de reflexión si nosotros llegamos a ver en cada ser humano el rostro de Jesucristo, por desfigurado que esté en ese hermano.

El bien siempre triunfa. Pero la ingenuidad de estilo «naïf» puede ser una deficiencia, cuando no –en el fondo- el fruto de un «no querer ver» para no empeñarse o comprometerse. Sin maniqueísmo alguno, veamos como la oscuridad (de las mentes, de los corazones) y las tinieblas, no quedan afincadas o encapsuladas en las personas sino que son «dinámicas», podemos decir, llevan «dinámicamente» hacia las obras malvadas, las cuales rezuman egoísmo, envidia, odio, violencia, y esto último en diferentes niveles (Cf Jn 3,19-21). Sin embargo, nunca tenemos de dejarnos ganar por la amargura, la cual, a fuerza de sentar sus reales, termina en el cinismo. Conversión, transfiguración, Justicia y Paz, han de ser metas fundamentales y concretas.

Por eso, pienso, será una oportunidad providencial este Año Paulino para entrar en un divino proyecto, y se lo digo con palabras de San Pablo: revestirnos de la coraza de la fe y del Amor, «teniendo como yelmo la esperanza de la salvación» (1 Tes 5,5-8) y echando fuera las obras oscuras (Cf Rm 13, 12-14), que, por blanqueadas que intenten presentarse (incluso ante nuestros propios ojos), no pocas veces están más presentes a nuestro alrededor (o dentro) de lo que pudiéramos pensar.

Con la luz de Cristo, que resplandece «en el rostro de la Iglesia», como dice el Concilio Vaticano II (¿lo habíamos pensado?; ¿lo creemos?), queremos anunciar el Evangelio «a toda creatura»(8) , como familia parroquial y diocesana, unidos a nuestro Papa Benedicto, quien nos preside en la caridad, y a nuestros hermanos todos, en apertura a todos y con conciencia de ecumenismo espiritual y un profundo, fructuoso, diálogo interreligioso, así como con respetuoso amor por quien no cree, o ha perdido la esperanza.

Y queremos ser felices, vivir en paz, con nuestras familias unidas, mirar hacia delante, construir civilización y contemplar el Rostro Radiante del Señor. Con la ayuda de la Virgen Madre, que apareció al Apóstol Santiago para protegerlo de todo mal, de toda adversidad, y confirmarlo en la fe.


+Oscar Sarlinga

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1.CONC. ECUM. VAT. II, Const, dogm. Lumen gentium, n. 41.
2.Cf BENEDICTO XVI, Enc. Deus Caritas est, n. 39.
3.Si bien no hay evidencia histórica «documental» de estos hechos, son varios los testimonios en los Padres de la Iglesia y lo que sí puede decirse es que el cristianismo en la península ibérica data ya del primer siglo. De hecho apenas terminadas las persecuciones del Imperio Romano, fue en «Hispania» donde se celebró por vez primera un concilio (exceptuado el Concilio Apostólico en Jerusalén), que fue el concilio de Elvira, en fecha cercana al 303. En los Hechos de los Apóstoles se dice que Santiago fue martirizado en Jerusalén (Cf Hech 12, 2). Esto ocurrió hacia el año 44, cuando fue degollado por orden de Herodes Agripa I. La tradición piadosa dice que la Santísima Virgen apareció a Santiago en España sobre un pilar, en la actual Zaragoza, esto es, sobre una columna donde hoy se venera su imagen en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, en la misma ciudad. Luego de esta visión, Santiago habría regresado desde España a Jerusalén, donde, luego de ver a la Virgen, fue martirizado, habiendo sido su cuerpo transportado por sus discípulos de nuevo hasta la Península Ibérica.
4.Respecto de la peregrinación a Santiago de Compostela, es bueno recordar que fue en el año 1122 cuando el papa Calixto II instituyó los privilegios del Año Santo Jacobeo. A partir de este 2008 los próximos Años Jacobeos tendrán lugar en 2010 y 2021.
5.JUAN PABLO II, Enc. Veritatis splendor, n.15.
6.Cf Divina Comedia, Par. XXX, v, 145.
7.El primer acto de Dios en la creación fue la división de la luz y de las tinieblas (cf Gen. 1,3s), así como el último acto será la Luz que es el mismo Dios, pues “(…) la ciudad (es decir, la nueva Jerusalén) no necesita la luz del sol, ni la luz de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23).

8.Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 1.

domingo, 15 de junio de 2008

Año Paulino Universal en la diócesis de Zárate-Campana

CARTA PASTORAL DEL OBISPO CON MOTIVO DEL AÑO PAULINO

I

PROCLAMACIÓN DEL AÑO PAULINO UNIVERSAL, EN LA VÍA DE «JESÚS-CAMINO»

El Santo Padre nos ha dado una gran alegría y una oportunidad de reavivar en nosotros la gracia de la unidad y de la evangelización. Así pues, en la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma, el 28 de junio de 2007, durante la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el Papa Benedicto XVI ha convocado a toda la Iglesia al Año Jubilar Paulino(1), el cual tendrá lugar desde el 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009, con motivo del bimilenario del nacimiento del Apóstol Pablo.

El nacimiento de Saulo, en efecto, que según los historiadores se sitúa entre el año 7 y el año 10 de nuestra era, marca un acontecimiento providencial en lo profundo eclesial, puesto que Pablo, una vez convertido a Jesucristo, se transformó en «Apóstol de las Naciones» y extensor de la Iglesia peregrina, llamada a testimoniar a Jesucristo ante todos los pueblos.

Porque, habiendo sido celante cumplidor de la Ley, según la interpretación que efectuaba, y creyendo de verdad actuar según los preceptos de aquélla, Saulo, el perseguidor, pidió licencias para ir en búsqueda de los discípulos de Cristo, en Damasco, con la finalidad de apresarlos (cf. Hech 9, 2). Pero el acontecimiento que irrumpió él no podía preverlo: era su nuevo nacimiento, el ser nuevo que se hacía presente.

En el camino, por la acción del Espíritu Santo, experimentó un decisivo encuentro con Cristo, quien lo convirtió en un Enviado para propagar Su Evangelio en medio de los paganos (cf. Hech 9,3ss). De hecho, la fiesta de la «conversión» de San Pablo nos habla de este «vaso de elección» escogido por Dios para serle "testigo ante todos los hombres" (Hech 22,15). Testigo con una visión y anhelo universal, como la Iglesia misma, «…necesaria para la Salvación» (2), la cual, desde el día de Pentecostés, ha manifestado la universalidad de su misión, que es, a la vez que asumiente de las insondables riquezas de la humanidad(3).

Por eso, hermanos y hermanas de esta diócesis, el objetivo del Año Paulino es profundizador y evangelizador, esto es, además de ser tiempo propicio para dar a conocer más y mejor la persona, ser, obra y acción del «Apóstol de las Gentes», lo es sobre todo para invitar a todos los creyentes en Cristo y a los hombres de buena voluntad a profundizar en el inspirado paulino mensaje de vida en Cristo, el mensaje de Salvación. Lo es para dejarnos hacer por Dios y su gracia, para producir una eclosión de fe, esperanza y caridad (sin olvidar la dimensión social de ésta, la solidaridad), en un mundo que tanto necesita de estas virtudes.

Este tiempo de gracia es ocasión propicia también para que reflexionemos en la relación esencial entre justicia y caridad, virtudes inseparables, tema al cual el Papa le ha dedicado una especial consideración en la segunda parte de su Encíclica «Deus Caritas est» (4). No existe caridad sin justicia. Al mismo tiempo, el cristiano está llamado a buscar siempre la justicia, llevando dentro de sí el impulso superador que proviene del Amor, que supone la justicia y la trasciende. Reaprender a ser justos, a compartir, a crear condiciones de justicia y paz, implica abrir el corazón a Dios y a los hermanos. Que sea éste un tiempo en que podamos ver cómo la fe abre puertas extraordinarias al trabajo por un orden justo en la sociedad, a una «caridad social» rectamente entendida y aplicada, y en particular en lo referente a los fieles laicos, en la participación personal en la vida pública, cooperando con los demás ciudadanos(5).

De tal modo, el Año paulino proclamado por Benedicto XVI tiene mucho de aquella exhortación a la transformación en el Amor y a la «nueva imaginación de la caridad» a la que nos llamara Juan Pablo II en Novo Millenio ineunte, ese gran programa pastoral para el IIIer. Milenio.. Desde esta perspectiva, este año de gracia 2008-2009 viene a consistir para nosotros en un ponernos en la vía de «Jesús-Camino», con la significación, por ende, de ser ocasión privilegiada para la pastoral, para todos los agentes de ésta, sean los curas párrocos y sus colaboradores, los catequistas, religiosos y religiosas, laicos y laicas comprometidos, con el fin de profundizar en el pensamiento de San Pablo y en la obra de la gracia en él, de promover la lectura espiritual y los estudios acerca de las Cartas, paulinas, las cuales, en y desde el Espíritu, nos confirmarán en la fe, haciendo que podamos cada día crecer en el testimonio de vida de «hijos de la luz» (cf. Ef. 5,8), afianzándonos también en nuestra «cordial pertenencia a la Iglesia» (sabiendo que «cordial» proviene de «corazón», y apartando de nosotros toda dañosa división). Ello nos afianzará, al mismo tiempo, en nuestra misión como evangelizadores y en nuestro empeño por un ecumenismo verdadero y por un fructífero diálogo interreligioso, en la Justicia y en la Paz, en apertura amorosa al Espíritu del Señor.

Es ese mismo Espíritu el que " (…) nos identifica con Jesús-Camino, abriéndonos al misterio de salvación para que seamos hijos del Padre y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús-Verdad, enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias ambiciones, y nos identifica con Jesús-Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y entregarnos para que todos tengan vida en Él" (6) , como nos lo refiere el Documento de Aparecida. Parece como un resumen del apostolado de Pablo.

II
SER, PENSAMIENTO Y ACCIÓN DE SAN PABLO

La conciencia psicológica y moral de Pablo como Apóstol de Jesucristo es manifiesta en su pensamiento, tal como lo expresa en algunos de sus escritos (como por ejemplo en Rom 1,1). Dicha conciencia parte de un Llamado (como lo expresa en Rom 1,1: “siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación”) el cual selló su misma existencia, para anunciar el evangelio. Este anuncio manifestaba «la razón de su vida», pues no era otra cosa que la expresión de su total conversión a Jesucristo y su total reconocimiento de Él como Mesías y Señor. Es lo que podemos llamar el «Cristo-centramiento» de San Pablo, a partir de la centralidad de Cristo Señor, el Cual tomó su entera vida, al punto que así lo exclama en la carta a los Gálatas: "No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (2,20).

La conciencia psicológica y moral a la que nos referimos era tanto más clara cuanto que Pablo, elegido “para anunciar el evangelio de Dios”, no poseía una presencia significativa y, según parece, su palabra (pienso que en el sentido de elocuencia o retórica) era considerada «despreciable» para sus adversarios.

El Papa Benedicto no duda en afirmar que el éxito del apostolado paulino dependió sobre todo de un empeño personal en anunciar el Evangelio con total y valiente «dedicación» a Cristo, sin reparar en dificultades y peligros(7) , a imagen de cómo era, por otro lado, la vida de los XII Apóstoles, quienes, «movidos por el Espíritu Santo, invitaban a todos a cambiar de vida, a convertirse y a recibir el bautismo»(8) , en una predicación también riesgosa y en nada exenta de contradicciones de parte del ambiente. El servicio evangelizador de Pablo se caracteriza por la santa insistencia en la «conversión» («metánoia») exigida por la fe en Jesucristo, conversión que lleva a revestirse de Él y a caminar en la novedad de vida en el Espíritu (a la cual se refiere en el capítulo 8 de la Carta a los Romanos).

Pablo anunció con valentía («parresía»), y sin temor al rechazo o al desentendimiento, que es la Cruz de Jesucristo posee valor salvador y que es Su gloriosa resurrección la que nos da la «novedad» perpetua del cristianismo, la religión de una vida nueva, la del Amor (cf. Rom 6,4), ese Amor que derriba los muros del odio y de la división y hermana a los seres humanos, hechos «creaturas nuevas» (cf. Efes 2,14), liberados (Cf. Gal 5,1) e iluminados por Jesús (cf. Efes 5,8) en el Espíritu. Así, el Apóstol exhortaba a todos a no tener miedo en el cumplimiento del ministerio eclesial, basado en que el Señor no ha dado a sus discípulos un espíritu de «timidez» -y menos todavía de pusilanimidad- (Cf 2 Tim 1,7), y fundado en la convicción de que la gracia de Cristo siempre nos acompaña, incluso en medio de las fatigas y cansancios (Cf 1 Cor 15,10).

Si Cristo era la fuente de la vida de Pablo y de la acción apostólica que desenvolvía, por ello mismo él supo ver en la Iglesia el «Cuerpo de Cristo» (Cf. Ef 4,4) al que amó y sirvió con todo su ser. Pablo se dedicó a edificar la Iglesia, a fundar y consolidar las comunidades eclesiales que estaban a su cargo (Cf 1Tes 1,2ss). En la Iglesia, todos los miembros están unidos por la gracia del bautismo y animados por la fuerza del Espíritu Santo. Así, evangelizar y extender la Iglesia llevó lo esencial de la vida de Pablo, como exclama en la carta primera a los Corintios: "Ay de mí si no evangelizara" (1 Cor 9,16). Un evangelizar para nada reducido a un mero anuncio teórico sino centrado en el discipulado, en el conocimiento y vivencia de la Palabra de Dios (Cf. Mt 28,19-20). En esto, en su «pasión por la Iglesia», nunca cesó, incluso durante el aprisionamiento previo a su muerte (cuando estaba en custodia pública como delincuente común), habiendo proseguido en interesarse personalmente por la marcha de las iglesias y el apostolado (Cf 2 Tim 4,11). El Apóstol era Pastor de las Ovejas.

Por fin, al final de su vida en esta tierra, aproximadamente en el otoño del 66, como dijimos, nuevamente prisionero en Roma (Cf 2 Tim 4,9.21), sufrió una expeditiva condena condena capital de resultas de la cual fue decapitado, según la tradición, junto a Tre Fontane (Acquae Salviae), probablemente en el año 67. Combatió el buen combate, conservó y nos dejó la fe.

III

LA UNION DE PEDRO Y PABLO

A riesgo de alargar un poco estas páginas, deseo también atraer la atención de ustedes sobre la unión inseparable de la misión paulina respecto de la misión petrina. La misión de Pablo es indivisible de la misión de Pedro, la «piedra» sobre la cual el Señor quiso edificar su Iglesia. En este IIIer. Milenio que hemos iniciado, el mensaje de Pedro y Pablo es más actual que nunca. Ambos Apóstoles son inseparables en su ser y en su acción. Nuestros oídos siguen escuchando la voz de la invitación que Pedro, junto con su hermano Andrés y con los primeros discípulos, escuchó de Jescristo mismo: «rema mar adentro, y echen sus redes para pescar» (Lc 5, 4)(9) . Ha sido la invitación que en el la carta apostólica «Novo Millenio ineunte» nos dirigiera el Papa Juan Pablo II, como incentivo para el proyecto pastoral en el tercer Milenio de la era cristiana, tal como lo indicáramos más arriba.

Pedro, después de la pesca milagrosa, recibió el anuncio de su vocación y elección: se convertiría en «pescador de hombres» (Lc 5, 10). Pablo, que recibe su elección y misión camino a Damasco, nos pide hoy a todos nosotros el reavivar la gracia recibida, como lo hizo a su discípulo Timoteo, Obispo, a quien el «Apóstol de las Naciones» le solicita reavivar continuamente «la gracia recibida por la imposición de las manos» (cf. 2Tim 1,6). En uno y otro caso podemos ver cuánto es necesario reafirmar (con fe, con humildad, con valentía apostólica) nuestra pertenencia a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Pero el éxito de este emprendimiento no depende de un esfuerzo voluntarista. Podremos hacerlo sólo si antes dejamos entrar la luz de la gracia y así reforzamos nuestra opción profunda de seguimiento a Jesucristo, el Señor, «ho Kýrios». Siguiendo la exhortación paulina, y «acordándonos de Jesucriso resucitado de entre los muertos», así viviremos y tendremos parte en el Reino, con Él (Cf 2Tim 2,8.11.12.).

Cual consecuencia vivencial de lo anterior, la unión afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro, el Papa, la comunión orgánica como Iglesia, nos hará entrar de lleno en la corriente de gracia de la misión de Pedro y Pablo y traerá grandes frutos de evangelización y de promoción de la persona humana.

IV

LAS CELEBRACIONES Y ACTIVIDADES EN NUESTRA DIÓCESIS

Como sabemos, en la Iglesia particular se dan todas las notas de la Iglesia universal. Nuestra diócesis de Zárate-Campana fue creada 21 de Abril de 1976 por su Santidad Pablo VI (quien tomó ese nombre por el Apóstol de las Gentes), y abarca una vasta zona, densamente poblada, la cual por lo demás ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años. Como diócesis es «joven» (recordamos aún la celebración del XXXmo. aniversario, en 2006), geográficamente muy variada, y a la que todos nosotros hemos querido encaminar, en profundo consenso pastoral, en «estado de misión».

Como región, en cambio, tiene en su haber algunas de las circunscripciones parroquiales más antiguas de Buenos Aires, localizadas principalmente en el «decanato rural», tales como Santiago del Baradero –que, con 370 años, es la más antigua de la actual Provincia civil-, San Antonio de Areco y Exaltación de la Cruz. Las ciudades principales y más populosas, en cambio, pertenecen a los tiempos del proyecto-país de la Argentina de los ferrocarriles, del desarrollo industrial y portuario, y ha recibido en estos últimos tiempos una fuerte inmigración desde las provincias, y desde los vecinos países del Paraguay y Bolivia.

Recientemente el Santo Padre Benedicto XVI, conservando la iglesia catedral de Santa Florentina en Campana, y la sede del Obispado en la misma ciudad, nos ha hecho el don de la Co-catedral de la Natividad del Señor, en Belén de Escobar (cuyo Templo cumple 100 años en este 2008). Es gracia y don para todos nosotros y halla sentido en el «estado de misión» diocesano y en el cordial empeño por una evangelización renovada.

El «estado de misión» tiene mucho, muchísimo, del espíritu paulino de la evangelización, vista como posibilidad de enriquecimiento no sólo para sus destinatarios sino también para quien la realiza, en esta diócesis nuestra y con frutos también para la Iglesia entera, pues «la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, […] conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es lentada a una continua renovación»(10) .

Dentro de esta continua renovación, en y desde el Misterio de Cristo: ¿Cómo podríamos dejar de esperar, queridos hermanos y hermanas, que este Año Paulino, don y regalo del Santo Padre, sea un tiempo más que propicio para que nuestras comunidades, nuestros organismos eclesiales de comunión orgánica, confirmen su fe, en el Amor y en la esperanza que nos vienen del Señor Jesús?.

Por eso, quien les habla, como vuestro Obispo, va a realizar la «apertura de este Año Paulino» en la diócesis, con la celebración eucarística en fecha del 28 de junio, por la tarde, en la única circunscripción diocesana (creada en 2007) que tiene el «título de los Apóstoles»: la cuasi-parroquia de Nuestra Señora de Luján y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en la ciudad de Campana. Tendremos allí las Fiestas Patronales, bendición de la nueva pila bautismal y confirmaciones de adultos. La celebración de apertura se completará al día siguiente, el 29, con la consagración e inauguración de la nueva iglesia de peregrinos, dedicada a San José, contigua al santuario de Schoenstatt, en Belén de Escobar.

Durante el año realizaremos nuestro encuentro judeo-cristiano con las comunidades de las ciudades de Zárate y de Campana, hermanos con los cuales ya se ha hecho una amistosa tradición el encontrarnos. Tendrá lugar en la recientemente inaugurada sala «Nuestra Señora de Guadalupe» de nuestro Obispado (el jueves 10 de julio, con el tema: «San Pablo y la ética de Occidente»). Asimismo mantendremos durante el año de San Pablo diversos encuentros de oración, conferencias, actos, en algunos decanatos.

Esto sin olvidar la «misión joven» que, esta vez especialmente impregnada del espíritu paulino, tendrá lugar en Belén de Escobar este año 2008, en el mes de septiembre.

Pido a todos los curas párrocos que, en unión con el Santo Padre Benedicto XVI y con su Obispo, abran solemnemente el año paulino sea el 28 de junio en la misa vespertina, o el 29 durante todo el día, en sus iglesias parroquiales.

Puesto que la única entidad educativa perteneciente al Obispado que lleva el nombre de «San Pablo» es el colegio católico homónimo, en la ciudad de Zárate, el cual cuenta con una bellísima e insigne imagen del Apóstol, pintada artísticamente en tela y encuadrada, ésta será como una «imagen peregrina» que podrá ser trasladada, a pedido de los curas párrocos, a las distintas parroquias e iglesias designadas para ganar las indulgencias, a los fines de resaltar la figura del Apóstol y para que esté presente en los actos y encuentros mencionados.

Los lugares para lucrar las indulgencias que ha concedido el Santo Padre para este año de gracia, serán, en nuestra diócesis de Zárate-Campana, la iglesia catedral de Santa Florentina (Campana) y la iglesia co-catedral de la Natividad del Señor (Belén de Escobar), junto con las iglesias matrices de los partidos de Baradero (Santiago Apóstol), San Antonio de Areco (San Antonio de Padua), Exaltación de la Cruz (Cristo Crucificado), Pilar (Nuestra Señora del Pilar), Zárate (Nuestra Señora del Carmen), como asimismo la sede cuasiparroquial de Nuestra Señora de Luján y los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (ciudad de Campana), la iglesia de la Inmaculada Concepción (de la localidad de Maq. Savio), la iglesia de Jesús Misericordioso (en Garín, partido de Escobar) y la iglesia de los peregrinos, dedicada a San José (en el partido de Escobar), perteneciente al Movimiento de Schoenstatt, que, como he dicho, consagraré el 29 de junio, en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Habiendo escuchado al consejo episcopal, he establecido también que, junto con la fecha de apertura del Año Paulino, y de su clausura (el 29 de junio de 2009), se podrá lucrar la indulgencia plenaria en dichas iglesias mencionadas, los días siguientes: el 18 de noviembre del corriente año (Dedicación de las Basílicas de los Santos Pedro y Pablo en Roma), el 25 de enero de 2009 (Fiesta de la Conversión de San Pablo) y los días festivos de las celebraciones de las Fiestas Patronales de las iglesias arriba indicadas.

Tal como bien sabemos, gracias a la enseñanza de Pablo y a su apostolado, las primeras comunidades cristianas fueron creciendo en el Amor de Dios y en la conciencia del «ser Iglesia». Con los desafíos de la «Nueva Evangelización», el «Apóstol de las Gentes» nos interpela una vez más, hoy, a nosotros, hombres y mujeres de este tiempo y de este lugar: el centramiento de nuestra fe en Jesucristo, en el cual y por el cual somos lo que somos (Cf 1 Cor. 15,10) y el compromiso del condiscipulado evangelizador.

Ponemos en las manos de la Virgen Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina y Patrona de esta diócesis de Zárate-Campana todas nuestras buenas intenciones, nuestros propósitos pastorales y las actividades programadas para este Año Paulino.

Con afecto en Cristo y María, los bendice y pide la oración de ustedes,


+Oscar, Obispo de Zárate-Campana


13 de junio de 2008, Festividad de San Antonio de Padua


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1. Cf BENEDICTO XVI, Homilía del Santo Padre durante la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, en la Basílica papal de San Pablo Extramuros, Roma, 28 de junio de 2007.
2. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen Gentium, n. 14; cf. Id. Decreto Ad gentes, n. 7; Id., Decreto Unitatis redintegratio, n. 3. La visión de la Iglesia necesaria para la salvación no es en modo alguno contraria a la voluntad salvífica de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 4). Son verdades convergentes, razón por lo cual, «es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación» (JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 9: AAS 83 [1991], 258).
3. Cf. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Slavorum Apostoli (2 de junio de 1985), n.18: AAS 77 (1985), 800.
4. Cf BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus Caritas est, nn. 26-29.
5. Cf Ibid. n. 29.
6. CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO (CELAM), CONFERENCIA DE OBISPOS DE LATINOAMÉRICA Y DEL CARIBE, EN APARECIDA (Brasil), «Documento de Aparecida», 2007, n. 137.
7. Cf BENEDICTO XVI, Homilía del Santo Padre durante la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, en la Basílica papal de San Pablo Extramuros, Roma, 28 de junio de 2007.
8. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris missio (7 de diciembre de1990), n. 47: AAS 83 (1991), 293.
9. Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo millenio ineunte (6 de enero de 2001, n. 1: AAS 93 (2001), 266.
10. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n.52: AAS 83 (1991), 3000.

martes, 2 de octubre de 2007

Carta a quienes sufren depresión, angustia y situaciones de grave riesgo

CARTA DEL PASTOR DIOCESANO A QUIENES SUFREN DEPRESIÓN, ANGUSTIA Y SITUACIONES DE GRAVE NECESIDAD

En la celebración de la festividad de la Santísima Virgen María en su advocación de «Ntra. Sra. del Pozo» («Madonna del Pozzo», 1256)

I

DEPRESIÓN Y ANGUSTIA, MALES COMPLEJOS DENTRO DEL MISTERIO DEL SUFRIMIENTO

En el pasado año de 2006 tuve la ocasión de declarar a la Santísima Virgen, en su advocación de Ntra. Sra. del Pozo, o «Madonna del Pozzo», como Patrona para quienes sufren depresión y estados de angustia y situaciones de grave necesidad, en esta diócesis de Zárate-Campana. Entronizada su imagen en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en Villa Rosa (Pilar)y en otras capillas de la diócesis (como Santa Teresita, en Manuel Alberti, y María de Nazaret, en Zárate)(1), allí han acudido miles de fieles a lo largo de este año, con el maravilloso don de la Fe, o bien pidiendo al Señor ese don, junto con las gracias que necesitan, también el don de la salud, viendo como del todo natural que el cristiano enfermo o deprimido vuelva sus ojos a la Santísima Virgen Maria, «Causa de nuestra alegría y Salud de los enfermos»(2). Nada hay de especialísimo en dicha advocación: «Casa de María» son todas las iglesias donde se encuentra Jesús Eucarístico y la presencia espiritual de la Madre. El tema sí es especial; me mueve a dirigirles ésta sobre todo la necesidad pastoral que veo de afrontar con Fe y Esperanza el panorama de angustia y depresión en que viven no pocos hermanos y hermanas nuestros.

Nos mueve la Fe, que es un magnífico don de gracia; es la Fe en Jesucristo, Hijo del Dios Vivo, a quien Su Madre, la Santísima Virgen, nos atrae a todos con singular predilección, especialmente a quienes más lo necesitan, abriéndonos caminos de alegría y paz. Es por ello que la Iglesia siempre ha tenido tan en alto la preocupación por los enfermos y sufrientes, a imitación del propio Jesús, como lo refería el Papa Benedicto XVI en una reciente visita pastoral a una clínica: “Encontrándome entre vosotros, pienso de modo espontáneo en Jesús, que durante su existencia terrena siempre mostró una particular atención a los que sufrían, curándolos y dándoles la posibilidad de volver a la vida de relación familiar y social, que la enfermedad había impedido. Pienso también en la primera comunidad cristiana, donde, (…) muchas curaciones y prodigios acompañaban la predicación de los Apóstoles. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Señor, manifiesta siempre una predilección especial por quienes sufren y (…) ve en el que sufre a Cristo mismo, y no cesa de prestar a los enfermos la ayuda necesaria, la ayuda técnica y el amor humano, consciente de que está llamada a manifestar el amor y la solicitud de Cristo a ellos y a quienes los atienden (…)”(3). Así también nosotros debemos tener una especial solicitud para con los enfermos y los que sufren, y en especial para con los deprimidos y angustiados; más aún, en nuestras parroquias, movimientos y asociaciones de fieles, todo ello debiera ser un aspecto más que destacado de la pastoral.

Sí sabemos que se sufre como persona, con las características físicas, psicológicas y espirituales que cada persona posee. Tiene mucho, muchísimo que ver con el sentido de la vida que cada uno tenga, como afirma Cassell(4). Así, la esencia del sufrimiento consiste en cierta desintegración del ser, incluyendo el pasado, el futuro, el sentido de la vida de alguien, sus intenciones y proyectos, sus ideas de fuerza y sus creencias. El sufrimiento se da, pues, en una cultura, que es propia del ser humano. A este respecto, un valioso Documento del Pontificio Consejo para la Cultura, llamado «Para una pastoral de la cultura», recuerda que esta última “(…) es tan connatural en el ser humano que la naturaleza de éste no posee rostro sino cuando se realiza en su cultura”(5). Así también se realiza el rostro del sufrimiento, y por ende, de la depresión, la angustia, el sentimiento del estado de grave necesidad.

Ahora bien, la depresión y la angustia son siempre manifestaciones de sufrimiento. Pero la inversa no es igualmente cierta. Nos preguntamos, pues: ¿Qué es el sufrimiento?; ¿por qué el sufrimiento?. Y, todavía mejor, ¿para qué el sufrimiento?. ¿Existe un sentido de él?. Expongo estas preguntas (los cristianos tenemos una Respuesta, con mayúscula), pero, creo, no sería el momento de intentar dilucidar aquí cuestiones tan cruciales para el ser humano, y tampoco de establecer distinciones entre dolor y sufrimiento, y dentro de éstos, de profundizar en las causas psíquicas de la depresión y la angustia. Más que al sufrimiento en general, esta carta desea estar referida sobre todo a estas dos últimas, con una mirada pastoral.

Para introducirnos en tema, algo importante es no confundir el estado de ánimo triste, que constituye un malestar psicológico frecuente (y que conlleva el sentirse triste o deprimido) pero que no configura el padecimiento de una depresión en sí, puesto que ésta indica signos, síntomas, síndromes, un estado emocional permanente, una reacción clínica bien definida. En la depresión como estado pato-lógico se pierde la alegría y satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y obrar, y la esperanza de recobrar el bienestar, cayendo en un sombrío ánimo. Precisamente, aquélla se acompaña de manifestaciones evaluables clínicamente en la esfera del estado de ánimo(6) del pensamiento(7), de la actividad psico-motriz(8) y de las manifestaciones somáticas(9).

Siempre considerando el no ser especialistas, podemos también afirmar, lato sensu, que el fenómeno de la depresión es complejo y multicausal(10). En ese sentido, el Papa Juan Pablo II, quien trató en distintas ocasiones el tema de la depresión desde una perspectiva humana amplia, hacía referencia a “(…) los diferentes aspectos de la depresión en su complejidad: van desde la enfermedad profunda, más o menos duradera, hasta un estado pasajero, ligado a acontecimientos difíciles –conflictos conyugales y familiares, graves problemas laborales, estados de soledad...–, que comportan una fisura o una ruptura en las relaciones sociales, profesionales, familiares. La enfermedad es acompañada con frecuencia por una crisis existencial y espiritual, que lleva a dejar de percibir el sentido de la vida”(11). Se encuentran allí mencionados los diversos aspectos y causas de la depresión, difusos hoy como nunca, tal como se ha expresado más arriba, en la cultura moderna.

Sin entrar en especializaciones, podemos genéricamente constatar, esto sí, es que la depresión es un mal particularmente complejo y presente en nuestra época contemporánea(12), caracterizada –como ninguna otra época- por el avance de los conocimientos científicos y del dominio del hombre sobre el planeta, pero también signada por el abandono, la soledad, la incertidumbre y las mil y una posibilidades de frustración, tantas veces originadas en el sinsentido de la vida, esto es, en que la vida humana aparece para muchos desprovista de sentido, o bien en factores externos, como graves injusticias infligidas, injusta miseria, desengaños, calumnias, estafas, trágica pérdida de seres queridos, pérdida de fe y esperanza por escándalo o pereza o malevolencia de quienes debían ayudar.

En general, queridos hermanos y hermanas, hay a nuestro alrededor todo un mundo del dolor del que nos compadeceríamos mucho más, si miráramos aunque más no fuera un poco, saliendo de nuestro propio mundo –o mundillo- de auto-suficiencia y auto-miramiento, o del fárrago de nuestros propios problemas. ¡Si aunque sea siempre rezáramos un Padrenuestro por los que más sufren!. ¡O los incluyéramos siempre en las intenciones de la Santa Misa!. Puestos en el Corazón de Cristo, ya sería muchísimo, y también mucho es lo que podemos hacer, en Cristo, conforme a las exigencias de la vida cristiana, en la «eucaristía vivida» de nuestra vida diaria.

II

ACTOS DEL DRAMA INTERIOR

¿Es un drama la vida?. En el ámbito de la filosofía, no pocos consideran que el grito de Friedrich Nietzche, acerca de «la muerte de Dios» plantea en realidad la trágica cuestión de «la muerte del ser humano». El declive postmoderno desde Michel Foucault a Claude Levi-Straus, desde el «sueño antropológico» del primero, que deviene en «muerte del hombre» hasta la mitológica tetralogía del segundo, con su «crepúsculo de los hombres», caracterizado por la «nada»(13).

No son éstas, pienso, consideraciones exquisitas y desprovistas de sentido. Nosotros, personas religiosas, tenemos mucho que orar y mucho que obrar por el bien; sin creernos más que nadie sino partiendo de las energías de Amor del «homo religiosus», energías que el Espíritu del Señor ha puesto para bien de los que lo aman. Frente al drama del vacío existencial, pongamos Amor, y allí donde haya odio, envidia, paranoia consentida, también. Como en la oración de San Francisco de Asís. Incluso frente al horror del campo de concentración, expresión sin par del vacío existencial al que nos referíamos, y de la ominosa Shoah, el gran neurólogo Viktor Frankl, vienés, hebreo, luego profesor de Harvard, Stanford, Pittsburgh e Dallas, fallecido a los 92 años en 1997, encontró el sentido de la vida y el sentido del Amor. En su obra, «Le dieu inconscient», nos habla del «poder de contestación del espíritu». Y parte del principio que «la exigencia fundamental del hombre –es- (…) la plenitud de sentido»(14).

He aquí un gran remedio a la tristeza y depresión. Aparece aquí el tema de la «voluntad de sentido», que abren vías de salida al ser frustrado, presa del vértigo del vacío existencial, que puede caracterizarse como pérdida de la capacidad para interesarse, ilusionarse y disfrutar de todas o casi todas las cosas y circunstancias de la vida, disminución general de la vitalidad, pérdida de la confianza en sí mismo, con sentimientos de inutilidad, inferioridad o de culpabilización excesiva, perspectiva negra del futuro, ideas de muerte e incluso de suicidio. Este vértigo en el que el ser humano puede caer se manifiesta como rampante tristeza, ideas negras, repliegue sobre sí mismo con obsesión de muerte, y caída en el vacío. Presas del miedo, tantos hermanos y hermanas nuestros ven todo con temor, hastío de vivir, voluntad abandonada. Es la náusea y la desesperación. Es el drama interior, que necesita de un profesional especializado, y también de atención pastoral.

A nivel humano en general, sin embargo, pienso que en el drama de la depresión pueden existir algunos factores de predisposición, pero aquí sí, más que nunca, no se debe generalizar, teniendo en cuenta, sobre todo, la multicausalidad a la que hemos hecho alusión más arriba.

Sin entrar ahora en estas líneas en el plano de la responsabilidad moral, creo que para nada menor puede constituir un factor a considerar como desencadenante de la depresión (más allá de todas las predisposiciones genéticas y otras causales), el excesivo perfeccionismo de la persona (¿es ésta una manifestación obsesiva?), es decir, el ansia desmesurada de obtener resultados «perfectos», que nadie pueda atacar o criticar (lo cual esto último, curiosamente, hace a la persona muy vulnerable a la frustración). El perfeccionismo podría ser confundido con el sentido genérico de la «responsabilidad», pero en realidad denota cierto sentimiento de omnipotencia y, diríamos, de «irrealismo», en el sentido de rehusar admitir las propias limitaciones. No es el caso la mayoría de las veces, pero puede ocurrir que dicho perfeccionismo hiperintencional (utilizando un lenguaje más o menos frankliano) se vea teledirigido a logros de anti-valores, como tantas veces son pregonados por algunos medios masivos de comunicación(15).

Ya más en el orden psíquico y psicológico, otro factor importante puede constituir la psico-estructura del sujeto con caracteres paranoicos o paranoides, factor que adquiere repercusión sobre el tema pues quien adolece de una tendencia paranoica es, en cierta medida, impermeable a la experiencia «fáctica»(16) teniendo, como lo tiene, afectado el sentido del discernimiento de sus propias limitaciones o responsabilidades y culpando a los demás(como normalmente su trastorno de personalidad lo lleva a hacerlo) de sus fracasos y frustraciones, los cuales serían otros tantos complots en su contra. Dicha actitud le hace ver a muchos de los que lo rodean (o a todos) como un conjunto de adversarios y enemigos conjurados. Ello le ocasiona aislamiento y rechazo, y, quizá, depresión. Reitero que no estamos tratando aquí de la falta moral (no hay que confundir esto, sin tampoco escindir).

En el mismo orden, tampoco podríamos dejar de mencionar como factores depresivos a la agobiante «soledad» (no la fecunda, sino esa soledad destructiva, que frustra, algunas veces causada por la desconfianza sistemática) y a la parálisis o atrofia de la actividad (mencionada magistralmente por Frankl como hiperintención paralizante)(17), en la cual la persona deprimida experimenta una exacerbación de su sentido de autocrítica y tiende a teñir de negativo sus posibilidades de actuación.

La actitud pastoral: desde un punto de vista psicológico, y humano, diríamos, una persona que ha caído en depresión necesita compañía y ayuda a fines de superar la soledad y aislamiento, necesita que alguien le abra camino a la luz en su vida, necesita ejercitar alguna actividad satisfactoria que le resulte exitosa, abrirse al Bien y a la Verdad, y para ello es preciso que descubra cuáles son las fisuras y grietas de su personalidad por dónde se han filtrado las aguas negras de la depresión. Para esto puede ayudar grandemente una perspectiva espiritual profunda, que redimensione enteramente los actos del drama, para transformarlos en una nueva actuación de vida.

III

UNA RECUPERACIÓN DESDE LA FUENTE DE LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

Lo primero es la aceptación de la propia realidad, la cual, en la medida en que Dios la quiso, o permitió por lo menos, llega a ser «historia sagrada» en el sentido en que ni un cabello cae de nuestra cabeza sin que el Padre celestial lo sepa. En la vida no estamos dejados «A la deriva», como dramática y genialmente lo narra el cuento de Horacio Quiroga… (lo recuerdo de la escuela primaria…) Porque para quienes tienen Fe, “(…) todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28); también la autoestima coopera, y en grande, porque no puede amar a los otros quien no se ama (no «más allá del Sol y de las estrellas», en el decir de Dante Alighieri, sino en la justa medida), por debajo de Dios y amando al prójimo como a sí mismo.

Es claro que si la persona que sufre depresión es creyente, más aún, un cristiano, un católico con claro conocimiento de su fe y de la doctrina sobre Dios Providente y Misericordioso, que puede “(…) hacer de las mismas piedras hijos de Abrahám” (Mt 3, 9), hay elementos muy sólidos para superar el mundo de oscuridad y frustración y de parálisis psíquica.

Por ello, en la atención pastoral de quien padece angustia y depresión ocupa un lugar de primer plano todo lo que pueda robustecer la Fe, comprendiendo por ésta las certezas acerca de la bondad y sabiduría de Dios (en quien «vivimos, nos movemos y existimos» como reza Hch 17, 28), acerca de su presencia y su amoroso poder, acerca del destino de felicidad que Dios quiere para todos los seres humanos, al punto que nos dio a su propio Hijo (cf. Jn 3, 16). También acerca del recibimiento tierno que Dios prodiga a sus hijos descarriados (cf. Lc 15, 11-24), aun sabiendo perfectamente acerca de nuestras limitaciones, flaquezas, astucias y «agachadas» (cf. Salmo 103, 14).

La depresión y la angustia, en lo espiritual, constituyen una dura prueba. El papel de los que cuidan de la persona deprimida, y no tienen una tarea terapéutica específica (por ejemplo quienes atienden a nivel pastoral a quienes más sufren), consiste sobre todo en ayudarle a recuperar la estima de sí misma, la confianza en sus capacidades, el interés por el futuro y el deseo de vivir(18). Por eso, es importante tender la mano a todos los enfermos, ayudarles a percibir el Amor y la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad de fe y de vida donde puedan sentirse acogidos, comprendidos, sostenidos, en una palabra, dignos de amar y de ser amados. Para ellos, como para cualquier otro, contemplar a Cristo y dejarse "mirar" por él es una experiencia que los abre a la esperanza y los impulsa a abrirse a la vida en abundancia (cf. Dt 30, 19).

Algo muy importante en la búsqueda de sentido, para un creyente, es asumir el sufrimiento (y por ende la depresión y la angustia), sin quedantismo ni –ciertamente- como forma de trágico masoquismo sino como forma de «participación en la pasión y en la cruz de Cristo» y como una realidad dolorosa que nos habilita, en el decir de San Pablo, para “(…) completar lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24).

Esto es causa de esperanza y de apertura de una gran ventana de luz, que da a la comprensión del destino de bienaventuranza de la persona humana, al punto que se haga prácticamente manifiesto cómo el camino hacia la vida eterna puede tener que atravesar por una prueba, casi como, en cierto sentido, un propio aniquilamiento y sentimiento de abandono, a imitación de Cristo(19). La oración (¡qué maravilloso es abrirnos a orar!), la participación fructuosa en los sacramentos de la Iglesia serán entonces de inmensa ayuda, en especial la Eucaristía, la Penitencia y la Unción de los enfermos.

Una recuperación espiritual será de invalorable ayuda para quien sufre angustia, depresión y estados de urgente necesidad, porque lo ayudará a amarse más, a valorarse más, y a recobrar el sentido de la justa lucha, de la esperanza y de la salida a la oscuridad de la desesperación. Entonces la gracia y la paz se podrán derramarse como una fuente de bendición, porque siempre podemos salir para ayudar a otros que sufren, y esto trae bendición, porque lo dijo Jesús: “Cuanto ustedes hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mt. 25,40-45).

Así es para con los enfermos, los más pobres, los que sufren, los abandonados, angustiados y deprimidos.

IV

CONCLUSIÓN

La alegría pascual refulge siempre magnífica en la Iglesia y para la humanidad, pues el gozo es el don de Dios del cual, aquélla, la Iglesia, es portadora, en tanto portadora del Evangelio. «La alegría – escribía el converso Paul Claudel, convertido por intercesión de la Virgen durante el cántico del Magníficat en la catedral de Notre Dame – es la primera y la última palabra del Evangelio»(20).

Tanto el anticuerpo como el antídoto para la enfermedad de la oscuridad del corazón es la Fe en Aquél que nos dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Entonces nuestra vida se transforma en una Eucaristía vivida, aun con sufrimiento y dolor (de los cuales, cuanto más aborrecimiento tengamos, más expuestos al sufrimiento estaremos). La alegría cristiana, en cambio, proviene de la esperanza que no defrauda, ese «ya pero todavía no» que es anticipación de la Gloria del Cielo. El Nuevo Testamento está todo penetrado de la Vida que Jesús nos transmite y comunica, y Vida en abundancia (cf Mt 25,21-23; Lc 1,14; 2,10). Nos la comunica a todos sus discípulos; por ello el Evangelio de Juan afirma que la alegría de Jesús vive en el discípulo (Cf Jn 17,13; 1 Jn 1,4; 2 Jn 12), podemos decir, es una «alegría discipular», la cual no cesa incluso coexistiendo con el sufrimiento (Cf Jn 16,20-24; 14,28). El gran Obispo y Doctor de la Iglesia, San Agustín, tiene unas estupendas meditaciones sobre la alegría del discípulo(21), que tantas veces los cristianos tendríamos que poner más en práctica, también los pastores del Pueblo de Dios; y me incluyo el primero.

Porque esa realidad de Fe y de Esperanza en nuestra vida hace irradiar de luz a todo nuestro ser, y se transforma en fuente de bendición y alegría para los demás, alentando el espíritu y el rostro feliz de cuantos entren en contacto con nosotros, como dice el Libro de los Proverbios sobre el «corazón» (en sentido bíblico: «Lev»): “Corazón contento, cara feliz, corazón abatido, desalienta el espíritu” (Prov. 15, 13).

Pedimos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, en su advocación de «Nuestra Señora del Pozo», que saque a nuestros hermanos caídos en el pozo de oscuridad y angustia y nos haga ver su Luz –también a través de las causas segundas de la ciencia-, un Camino de Luz, para pasar «haciendo el bien».

En la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced, la Libertadora de los cautivos, 24 de septiembre de 2007


+Oscar D. Sarlinga

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1 La homilía completa de quien suscribe con ocasión de la entronización de la «Madonna del Pozzo», con el significado bíblico y existencial del «pozo», puede encontrarse, entre otros sitios de la web, en:

http://www.aica.org/index2.php?pag=sarlinga070318

o bien en la página web del Obispado (obzaratecampana.com.ar) o bien en Camineo.info:

http://www.camineo.info/news/190/ARTICLE/2235/2007-03-22.html

2 La Virgen tuvo durante su vida terrena (y esto está constatado en la Sagrada Escritura) muchos momentos de dolor espiritual, aunque no pudiéramos hablar propiamente de depresión psicológica: la profecía de la espada de dolor que atravesaría su alma (cf. Lc 2, 35); la huida y el exilio en Egipto (cf. Mt 2, 13-15); la pérdida del Niño Jesús, al que encontró luego enseñando en el Templo (cf. Lc 2, 41-50) y su angustiosa presencia al pie de la Cruz (cf. Jn 19, 25-27). Esa experiencia de dolor le brindó, sin embargo, una capacidad especial para compadecer a los miembros de su Hijo sumidos en la aflicción y para interceder por ellos, pidiendo el don del consuelo, la alegría y la fortaleza.

3 BENEDICTO XVI, Discurso a los enfermos, a los médicos y al personal del Hospital Policlínico San Mateo, de Pavía, en la Visita pastoral a Vigévano y Pavía, Domingo 22 de abril de 2007.

4 E. CASSELL, "Recognizing Suffering", Hasings Center Report 21 (1991): 24-31, p. 25.

5 La vida humana no se realiza sino en las diversas y concretas modalidades de la actividad humana, que configura el «existir». Esta última constituye una realidad compleja, la de ser, a la vez, «homo faber» y «homo amicus», «homo politicus» e «homo sapiens», sin olvidar el ser «homo religiosus». (Cf PONTIFICIO CONSEJO PARA LA CULTURA, Per una pastorale della cultura, Pentecoste 1999, n. 2).

6 Tales como la tristeza, pérdida de interés, apatía, falta del sentido de esperanza.

7 Como la capacidad de concentración disminuida, indecisión, pesimismo, deseo de muerte.

8 Manifestada, por ejemplo, a través de la inhibición, lentitud, falta de comunicación o inquietud, impaciencia e hiperactividad.

9 Es decir, corporales, tales como el insomnio, alteraciones no provocadas por otras causas del apetito y peso, disminución del deseo, pérdida de energía.

10 Muchos estudiosos de la psicología y de la psiquiatría diferencian entre tres grandes grupos o tipos de depresión: las depresiones «endógenas» (en su origen etimológico: «generadas desde dentro»), que son aquellas no ocasionadas –al menos según lo que se ve clínicamente- por cosa alguna externa, esto es, factor alguno de sufrimiento psicológico. Aquí puede incidir de modo importante la matriz genética. Una segunda especie la constituyen las depresiones llamadas «distímicas», relacionadas con «trastornos» (en el lenguaje moderno, puesto que ya casi no se habla de neurosis) de la personalidad. La frustración, el descontento y la desafección de sí mismas y de lo que las rodean, caracterizan a estas personalidades. Revisten la clásica «amargura» y «frustración» y generalmente hacen episodios depresivos, de mayor o menor intensidad, con carácter crónico. Por último, el tercer grupo, llamado de las «depresiones reactivas», o también conocidas como «trastornos adaptativos depresivos», configura un cuadro depresivo que aparece, precisamente, por motivos «reactivos», o «de reacción a» acontecimientos disparadores, tales como separaciones matrimoniales, problemas familiares, pérdida de un ser querido, dificultades de autoestima, enfermedades físicas, problemas de relación. Son frecuentes en adolescentes y jóvenes, e incluso, con distinta sintomatología e intensidad, en niños.

11 JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», promovida por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, Ciudad el Vaticano, 14 noviembre 2003, n. 2.

12 En cuanto a la historia antigua, la primera manifestación acerca de lo que hoy llamaríamos depresión que conocemos, se halla en Hipócrates, quien en su obra «Las epidemias de la bilis negra», hace referencia a ella, y pone como su síntoma más importante la tristeza. Más adelante se refirieron a la actualmente denominada depresión el gran Celso (del siglo I) y posteriormente Galeno, en el siglo II, quien describe tres modalidades de la llamada «melancolía».

13 C. LÉVI-STRAUSS, L’homme nu, Plon, 1971.

14 V. FRANKL, Le dieu inconscient, Coll. Religion et sciences de l’homme, Edition du Centurion, 1975, p. 92-93.

15 “Es importante ser conscientes de las repercusiones que tienen los mensajes transmitidos por los medios de comunicación sobre las personas, al exaltar el consumismo, la satisfacción inmediata de los deseos, la carrera a un bienestar material cada vez mayor. Es necesario proponer nuevos caminos para que cada uno pueda construir la propia personalidad, cultivando la vida espiritual, fundamento de una existencia madura” (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», promovida por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, Ciudad el Vaticano, 14 noviembre 2003, n. 2).

16 Es decir, no es la realidad fáctica lo que le interesa sino cómo la ve desde su psico-estructura, por ejemplo, con sospecha.

17 En «El hombre doliente», Herder, Barcelona, 1987.

18 “El papel de quienes atienden a una persona deprimida sin una función específicamente terapéutica consiste sobre todo en ayudarla a recuperar la propia estima, la confianza en sus capacidades, el interés por el futuro, las ganas de vivir. Por eso, es importante tender la mano a los enfermos, hacerles percibir la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad de fe y de vida en la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos, en una palabra, dignos de amar y de ser amados. Para ellos, al igual que para cualquier otra persona, contemplar a Cristo y dejarse «guiar» por Él es la experiencia que les abre a la esperanza y les lleva a optar por la vida” (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», promovida por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, Ciudad el Vaticano, 14 noviembre 2003, n. 2).

19 Cuya angustia se tradujo en copioso sudor de sangre (cf. Lc 22, 44), y especialmente, cuando Él en la cruz pronunció el grito desgarrador de “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27, 46; Mc 15, 34). Creer en el poder de la gracia es la condición necesaria para rechazar la tentación de la desesperación, y tiene su base en creer en la «kenosis», el anonadamiento de Cristo (cf. Flp 2, 6-9).

20 Cf. P. POUPARD (Card.), Le christianisme à l’aube du IIIème millénaire, III, L’avenir est à l’espérance, Plon-Mame, 1999, p. 248.

21 San Agustín, Obispo y Doctor de la Iglesia, profundo conocedor del alma (y de la «psykhé») humana, comenta, respecto a lo que hemos llamado la «alegría discipular»: “Dado que Jesús mismo es la alegría de sus discípulos, esta afirmación del Señor se halla en perfecta armonía con lo que dice San Pablo: «Una vez resucitado de entre los muertos, Cristo no muere más, y la muerte ya no tiene poder sobre él»” (SAN AGUSTÍN, In Joannem, 101,3). El desafío, sin embargo, radica en entrar cada día más en contacto existencial con Jesús Resucitado, a través de la vida del discípulo, la oración, los sacramentos y la práctica de la virtud teologal de la caridad.